|
Bajo
relieve con la figura de las dos santas, situado sobre la
puerta que da acceso a la cárcel donde estuvieron encerradas
En
los albores del siglo IX los sarracenos levantaron un pequeño
castillo sobre la misma peña en la que hoy se encuentra la
Colegiata de Alquézar, el cual pertenecía al distrito musulmán
de Barbatania.
Desde
esa atalaya alquezrana se dominaba buena parte de las tierras
somontanesas y los cristianos de las aldeas tenían que sufrir
los abusos de los poderosos.
Muy
cerca de allí, en el pequeño pueblo de Adahuesca, nacieron
dos hermanas, de padre musulmán y madre cristiana. Cuando
Nunilo y Alodia, que así se llamaban, eran todavía muy niñas,
murió repentinamente su padre y a partir de entonces la madre
les educó bajo la religión cristiana, aunque tenía la obligación
de profesar la fe de Mahoma. Sabía que por incumplir esas
normas podían ser condenadas a muerte. La mala suerte les
estaba preparando un triste futuro, ya que poco tiempo más
tarde murió también su madre.
Un
pariente de la familia quiso aprovecharse de la situación
para conseguir el patrimonio que pertenecía a las niñas. Éste
las denunció a las autoridades musulmanas e inmediatamente
las pequeñas fueron apresadas en la cárcel del castillo de
Alquézar. Así lo atestigua un bajo relieve con la figura de
las dos santas, que está situado sobre la puerta que da acceso
a esa misma cárcel.
El
máximo poder musulmán de la región, Jalaf ibn Rasid, se encargó
de juzgar tal hecho. Cuando vio las malvadas intenciones del
familiar y la indefensión de las niñas, decidió liberarlas.
Pero
el pariente no se dio por vencido y llevó la denuncia ante
el gobernador de Huesca, quien mandó encerrarlas en los calabozos
del castillo - palacio de la ciudad.
Fueron
juzgadas y condenadas a muerte, ya que Nunilo y Alodia nunca
aceptaron la renuncia a su fe cristiana. La ejecución se realizó
el día 21 ó 22 de octubre del año 851 en la Plaza de la Zuda
de Huesca, siendo decapitadas ante multitud de personas.
Dice
la leyenda que arrojaron sus cuerpos en un lugar apartado,
fuera de las murallas de la ciudad. Pero durante el transcurso
de los días siguientes pasaron hechos milagrosos. Ningún animal
de rapiña se acercó por allí y lo más sorprendente, es que
a lo largo de una noche unos cristianos vieron destellos luminosos
que salían del mismo lugar donde fueron arrojadas las santas.
Al ver estos sucesos decidieron recoger los cuerpos para protegerlos.
Transcurrido
un tiempo fueron llevados al monasterio de Leyre. También
la iglesia parroquial de Adahuesca guardó parte de las reliquias
hasta la Guerra Civil, ya que durante la contienda se destruyeron.
Igualmente, en la catedral de Huesca y Pueyo de Cimat, se
han venerado con gran devoción los restos de estas santas
altoaragonesas.
|