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Las santas Nunilo y Alodia

Por Nacho Pardinilla nacho@radiquero.com

Bajo relieve con la figura de las dos santas, situado sobre la puerta que da acceso a la cárcel donde estuvieron encerradas

En los albores del siglo IX los sarracenos levantaron un pequeño castillo sobre la misma peña en la que hoy se encuentra la Colegiata de Alquézar, el cual pertenecía al distrito musulmán de Barbatania.

Desde esa atalaya alquezrana se dominaba buena parte de las tierras somontanesas y los cristianos de las aldeas tenían que sufrir los abusos de los poderosos.

Muy cerca de allí, en el pequeño pueblo de Adahuesca, nacieron dos hermanas, de padre musulmán y madre cristiana. Cuando Nunilo y Alodia, que así se llamaban, eran todavía muy niñas, murió repentinamente su padre y a partir de entonces la madre les educó bajo la religión cristiana, aunque tenía la obligación de profesar la fe de Mahoma. Sabía que por incumplir esas normas podían ser condenadas a muerte. La mala suerte les estaba preparando un triste futuro, ya que poco tiempo más tarde murió también su madre.

Un pariente de la familia quiso aprovecharse de la situación para conseguir el patrimonio que pertenecía a las niñas. Éste las denunció a las autoridades musulmanas e inmediatamente las pequeñas fueron apresadas en la cárcel del castillo de Alquézar. Así lo atestigua un bajo relieve con la figura de las dos santas, que está situado sobre la puerta que da acceso a esa misma cárcel.

El máximo poder musulmán de la región, Jalaf ibn Rasid, se encargó de juzgar tal hecho. Cuando vio las malvadas intenciones del familiar y la indefensión de las niñas, decidió liberarlas.

Pero el pariente no se dio por vencido y llevó la denuncia ante el gobernador de Huesca, quien mandó encerrarlas en los calabozos del castillo - palacio de la ciudad.

Fueron juzgadas y condenadas a muerte, ya que Nunilo y Alodia nunca aceptaron la renuncia a su fe cristiana. La ejecución se realizó el día 21 ó 22 de octubre del año 851 en la Plaza de la Zuda de Huesca, siendo decapitadas ante multitud de personas.

Dice la leyenda que arrojaron sus cuerpos en un lugar apartado, fuera de las murallas de la ciudad. Pero durante el transcurso de los días siguientes pasaron hechos milagrosos. Ningún animal de rapiña se acercó por allí y lo más sorprendente, es que a lo largo de una noche unos cristianos vieron destellos luminosos que salían del mismo lugar donde fueron arrojadas las santas. Al ver estos sucesos decidieron recoger los cuerpos para protegerlos.

Transcurrido un tiempo fueron llevados al monasterio de Leyre. También la iglesia parroquial de Adahuesca guardó parte de las reliquias hasta la Guerra Civil, ya que durante la contienda se destruyeron. Igualmente, en la catedral de Huesca y Pueyo de Cimat, se han venerado con gran devoción los restos de estas santas altoaragonesas.

 
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