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Ignacio
Almudévar
Dicen
que han vendido y que han comprado la ermita de Jara. Se sabe
quién o quiénes la han comprado, pero se ignora quiénes son
los que la vendieron y por qué lo hicieron.
Este
hecho no es raro en nuestra provincia, pues con frecuencia
se venden, por ejemplo, pueblos enteros, como el de Bastaras,
sin pensar que los caminos no son propiedad del comprador,
sino de todos los que quieran usarlo y, sin embargo, no se
puede pasar libremente a ver las cuevas de Solencio o de Chaves.
Nadie reclama y allí está todo el monte rodeado de una alambrada.
Los militares, usando los mapas legales, tenían que seguir
uno de los caminos cercados: cortaron la valla, pasaron y
la volvieron a poner. Yo no sé lo que pasó con tal motivo,
pero como nadie ha protestado, el Alto Aragón ha perdido los
caminos y no se sabe nada de viajes turísticos a las cuevas
prehistóricas. No queda nadie en Bastaras ni en Used, Zamora
o Bara. ¿Cómo van a protestar?
En
la sierra de Sevil se encuentra la ermita de la Virgen
de la Viña. Compró una finca un señor de la comarca, arregló
la ermita y la casa del santero. Pero los pueblos de la zona,
entre los que se encuentra Adahuesca, protestaron y siguen
yendo a rezar y a divertirse, con todos los derechos adquiridos
hacía ya siglos.
Cuando
yo estuve de veterinario en Bolea me llamó la atención
un pórtico de piedra muy artístico que estaba en una casa
particular. Me dijeron que pertenecía a la ermita de la
Virgen de la Trinidad y allí está colocada hoy en día.
También parece ser que dicha ermita se vendió a un señor de
la Sotonera, que se vio con la ermita, con la casa del santero
y las salas en que se reunían, comían, cantaban y bailaban
los cofrades de Bolea cuando allí iban a rezarle a la Virgen.
Hay una fuente en la finca con la que riegan los huertos y
quiso cobrarles el agua, pero el pueblo se rebeló contra el
comportamiento del nuevo dueño y todavía siguen subiendo a
la ermita los habitantes de Bolea y regando sin pagarle ni
una perra a nadie. Dicen que el amo, «cabreado», se volvió
a vender la finca y el nuevo dueño respetó los derechos seculares
del pueblo.
En
Lierta van todos los años a la romería a San Julián
de Andria el primer día de Pascua, pero hace unos pocos
años no los dejaba pasar el dueño de una gran finca por la
que corría el camino, cerrándolo colocando cadenas, pero los
de Lierta las rompían y siguen pasando y ahora en compañía
de muchos nuevos peregrinos oscenses. ¡Qué comportamiento
tuvo el dueño de aquella finca, comparado con el del dueño
del castillo de Nisano, que les daba un cordero para que se
lo comieran en la ermita!
Y
es que el pueblo soberano no quiere cadenas. Ha pasado lo
mismo en la capital altoaragonesa con la ermita de Jara, pero
el pueblo no lo ha admitido, pues sus derechos no hay ningún
hombre, aunque sea cofrade, que pueda venderlos. Es que en
Huesca quedan muchos cofrades, muchos devotos y muchos oscenses
que aman su ermita y quieren asistir a sus romerías y se emocionan
cuando escuchan la jota que dice: «Sierras de Gratal y
Guara / ruinas de Montearagón / fuentes de Marcelo y Jara
/ ¡Huesca de mi corazón!».
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