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D. ANTONIO BELTRÁN
Quizá este artículo debiera titularse «Arte rupestre y territorio arqueológico»
como el Centro de Desarrollo del Somontano y el Parque Cultural del Río Vero han denominado un coloquio
que ha iniciado una campaña de agitación e información sobre el arte rupestre prehistórico
de la comarca, con una reunión a puerta cerrada entre especialistas para debatir significados y cronologías,
visitas, conclusiones y un curso de conferencias divulgatorias entre enero y marzo del año próximo.
Pero caigo en la cuenta de que no quiero hacer una reseña de los actos ni siquiera fatigar a los lectores
con las conclusiones aprobadas y publicadas en Barbastro el día 26 de octubre, sino tratar de explicar lo
que significan reuniones como ésta cuando se está agotando el año 2000. Y, siempre con el
subjetivismo que rezuman estas prosas, el comprobar que mi maltrecha anatomía ha resistido con gozo el participar
en los actos con los ojos abiertos a las maravillas que la vida nos brinda, sea la delicia majestuosa de Alquézar
o la ponderada severidad de Barbastro, a despecho de que mi presencia fuese tan efímera como la que Fernando
de Rojas cantaba de la rosa, pura encendida, émula de la llama, blandiendo epítetos y amores.
Alquézar es uno de los más hermosos
pueblos de Aragón y, si no lo toman a mal, del mundo entero. Es bien conocido por quienes practican con
riesgo el descenso de los barrancos, gargantas y badinas del río, visitantes que llegan de lejos, y que
encontrarán libros, guías y vídeos de lo suyo. Pero es, al mismo tiempo, una villa medieval
resucitada, al pie de la fortaleza (como la llamaron los moros y sigue llamándose) de Jalaf aben Rasid,
arriscada e invulnerable hasta que Alfonso I se apoderó de ella, con sus montañeses en el siglo XI.
Y luego nació la colegiata. Y el río salvaje se hizo urbano domeñado por el puente de Villacantal
presagiando el zoco o mercado de la plaza Mayor, perla de nuestra arquitectura, con porches como los de una caravan-serail
(es decir como las de Barbastro, Sariñena o Teruel) y callejas que pueden ser recorridas en silencio, cuando
el bullicio de excursionistas y viajeros de estación permite a los humanistas pasar de los cañones
a las callejuelas de la fuente de Monchisigüel a la parroquial de Santa María. El Cristo de Lecina
o el claustro monacal, los arcos y pasadizos y el pueblo entero son un regalo que conviene gustar con sosiego y
amor. Claro que siempre se podrá acudir a casa Gustavo a que Maribel reciba con pícara sonrisa, ante
lo copioso de sus menús, el que le digamos que preferimos morir de muerte natural...
Yo estuve hace muchos años en Alquézar
cuando era una ruina enferma de abandono. Ahora es una gloria alabada por sus habitantes, que no son muchos, y
por sus infinitos visitantes, incluso por quienes no ven sino lo limitado que andan buscando. A lo mejor alguien
piensa que quien escribe está tan preocupado por el arte prehistórico que no alcanza a atisbar las
ermitas y los caminos. Hace años me descolgué por los riscos del Gallinero de Lecina, más
tarde, con Vicente Baldellou, penetré en los misterios paleolíticos de la Fuente del Trucho o en
las excelentes pinturas del barranco de Villacantal, en los covachos de Arpán y ahora un centro intermodal
excelente, en Colungo, hace fácil la visita de todos esos lugares y hasta ayuda a comprar queso en Radiquero
o aguardiente de los alambiques de Colungo.
Pues tuve el gozo de inaugurar las jornadas en Alquézar, en una sala del Hotel que lleva el nombre de la
Villa y aprendí como siempre de mis antiguos alumnos y hoy maestros las novedades de los cantos pintados
del V milenio de la cueva de Chaves de Bastarás, de la mano de Pilar Utrilla o las idas y venidas de los
neolíticos, según explicó Baldellou, en definitiva el sustituir a los depredadores que cazaban
o recolectaban lo que la naturaleza producía para convertirse en autores de sus propios alimentos, mediante
la agricultura, la domesticación de los animales y el pastoreo. Los curiosos a quienes dejé con la
miel en los labios podrán leer detenidamente lo cumplido y expuesto, como resumieron en Barbastro los ponentes
y apostillé con fuegos de artificio en la clausura, como había hecho en la apertura.
Porque de nuevo en Barbastro tuve tiempo para,
de la mano de Nieves Juste y con su afecto, admirar la solitaria catedral, atisbar el cerrado jardín arqueológico
cuyo cierre y abandono no debía prolongarse y, naturalmente, llegar al Mercado, a la plaza, escuchar los
dimes y diretes sobre cómo serán los porches y qué rendiremos a los estacionamientos de automóviles,
visitar, como un hábito, la librería Castillón, donde siempre encuentro un libro como el Axel
Munthe y hogaño uno sobre Barbastro. Y lástima que no haya tiempo para sorprender a las papilas gustativas
y al estómago con empanadillas, chiretas, tortetas y demás delicias gastronómicas de la tierra...
Nieves Juste explicó en el número uno, de 1998, del Boletín de Arte Rupestre Aragonés,
lo que ofrecía el Parque Cultural del río Vero, como yo pude en las sesiones solemnes subrayar la
importancia del formidable y frágil legado del arte prehistórico que nuestras tierras han recibido
y están obligadas a conservar. Y lo hacen bien, con el Gobierno a la cabeza, para servir de modelo en los
medios internacionales. A los amables oyentes de la sala de la UNED, en Barbastro, les expliqué que aquello
era suyo, aunque fuese Patrimonio de la Humanidad, que las figuras que formaban la expresión gráfica
de sus autores, eran un mensaje de sus antepasados para explicar nuestra propia historia de una manera llena de
vida, por encima de la frialdad de los datos arqueológicos de la cultura material y hasta de los documentos
que recogen solamente lo excepcional o singular. El río Vero, desde Alquézar a Barbastro, sin despreciar
a quienes ven sólo en los cañones la aventura deportiva, pero levantando como una bandera la historia,
el paisaje, la belleza insuperable de la naturaleza y la maestría singular del hombre, es un tesoro que
admirar y conservar.
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