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A la izquierda, capitel de
la Iglesia Abacial de San Zenón, Verona, a la derecha,
capitel de la Colegiata de Santa María, Alquezra
Este siglo nuestro de las telecomunicaciones y las conexiones
globales puede hacernos pensar, de manera equivocada, que
antaño las personas apenas viajaban o se relacionaban
con otros pueblos, otros países u otras culturas.
Y la mejor demostración de este hecho es la existencia
inequívoca, al margen de cuestiones políticas
y monetarias tan de actualidad, de un sustrato cultural común
tanto en el ámbito europeo como en el mediterráneo.
Tal vez, una prueba más de estos ancestrales lazos
de unión entre personas y culturas alejadas entre si
se encuentra descansando desde hace casi 900 años en
el flanco norte de la columnata del claustro de la Colegiata
de Santa María de Alquezra. Allí, en uno de
sus capiteles, podemos encontrar una hermosa y sintética
representación de la escena de la Danza de Salomé.
Cuenta la
Biblia
que el rey Herodes mandó apresar a San Juan Bautista
por haber criticado su unión ilícita con Herodías,
mujer de su propio hermano. Poco después, y ante la
mesa donde comían el rey y unos invitados, la bella
hija de Herodías -Salomé- realizó una
danza de tal calibre que Herodes no pudo negarle aquello que
su madre más deseaba: la cabeza del Bautista sobre
una bandeja.
En el capitel de la Colegiata no falta ningún elemento
esencial de esta escena (mujer bailando, mesa y comensales)
y su objetivo, como cabía esperar, era el de denunciar
los efectos maléficos del baile y, de paso, unirlos
a la figura de la mujer.
No ocurre lo mismo con el resto de las representaciones de
bailarinas
en la escultura románica aragonesa del siglo XII, que
parecen describir una danza profana sin una clara intención
condenatoria.
Otras
representaciones
coetáneas del tema de la danza de Salomé se
conocen en diversos puntos del sur de Europa, a pesar de no
ser especialmente abundantes en general. Entre todos ellas,
sin embargo, algo ha de llamar la atención forzosamente
a cualquier amante del patrimonio del Somontano. Las maneras
de concebir la citada escena son muy diferentes entre si salvo
en dos casos muy concretos: Alquezra y la ciudad italiana
de Verona. Simple coincidencia o tal vez una muestra más
de ese fondo común de cultura europea y mediterránea
que late en la identidad de estas dos localidades separadas
por más de 1.000 kilómetros de distancia.
Una posible vía de avance en esta cuestión sería
la búsqueda de documentos medievales que hubiera podido
dejar testimonio de alguna relación concreta entre
somontaneses y veroneses. Pero otra posibilidad, mucho mejor
(y más barata) es imaginar lo que pudo ocurrir. ¿acaso
un artesano aragonés viajó de peregrino a Roma
y, en un desvío, conoció el capitel de Verona
y quedó impresionado por él?, ¿tal vez
el único trovador aragonés conocido, Peire de
Monzón, hizo amistad en los castillos de Foix o de
Carcasonne con un noble italiano que le habló de la
maravillas de la iglesia abacial de Verona?, ¿acaso
un habitante de la ciudad italiana pasó por Alquezra
camino de Santiago y charló animadamente con los artífices
de la columnata?, ¿tal vez el anónimo autor
de Alquezra había aprendido con el mismo maestro que
enseñó al escultor de Verona?, ¿acaso
se conocieron personalmente el Abad de San Zenón y
el máximo responsable de la Colegiata de Alquezra en
un concilio religioso...?
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