Ya quedan muy pocos días de otoño y el invierno ya está cerca. Un viento frío procedente de los tozales de Guara arranca las últimas hojas amarillas de los altivos chopos. También balancea las copas de los desafiantes cipreses del cementerio.

La oscuridad de la noche llega muy pronto a estos pueblos serranos y por delante quedan muchas horas de velada en torna al fuego. Así ha sido durante siglos, hasta que la luz y la televisión se apoderaron de estos hogares.

De la magia, misterio y calor que desprendía la lumbre bajo una inmensa chimenea ennegrecida, solamente se acuerdan los más mayores del lugar. Si se les pregunta, todavía nos podrán contar historias, leyendas y como celebraban el comienzo del mes de Noviembre.

" Se inicia este mes con la fiesta de Todos los Santos. Era día de luto y oración, como muestra de respeto y recuerdo a sus difuntos.

Por la mañana, las mujeres acudían al cementerio a engalanar con flores las tumbas de los seres queridos. Llegada la tarde y poco antes de que oscureciera, todo el pueblo subía a rezar el Rosario con el cura.

Los niños también tenían un día muy ocupado, ya que no hacían otra cosa que preparar calaveras fabricadas con calabazas, cultivadas en los huertos para dar de comer a los cerdos. Cucharones, navajas y cuchillos eran las herramientas utilizadas para ahuecarlas. Finalmente abrían los orificios en forma de ojos y boca.

Cuando llegaba la esperada noche, salían por las oscuras calles portando sus calabazas, en las cuales colocaban una vela encendida. El resultado era de lo más temible e impresionante. Jóvenes y mayores eran presa de los sustos y bromas de la chiquillería.

Eran noches oscuras, sin luna, en las que reinaba el silencio. Pero éste se veía roto por el sobrecogedor sonido de las campanas de la iglesia, que a toque de difunto, podían oírse cada hora. De esto se encargaba el sacristán, que tenía que estar toda la noche en el campanario con frío y pendiente del reloj.

Otro escenario era el café o bar del pueblo, donde se reunían los hombres del lugar a jugar a baraja. Cada vez que sonaban esas terribles campanadas se ponían de pie y rezaban tres Padre Nuestros y tres Ave Marías.

La oscuridad y el frío eran vencidos por el fuego que alumbraba las cocinas de cada casa. Allí terminaban reuniéndose todos los miembros de la familia. No podían acostarse sin rezar los quince Misterios del Rosario. A los niños se les hacía interminable, ya que sabían que cuando terminara, yayo y yaya contarían historias de miedo con brujas, duendes y muertos que se aparecían. Mientras tanto iban comiendo esos postres tan ricos que habían hecho las mujeres. Seguían recetas exclusivas para ese día. Unos eran como buñuelos, a base de harina, huevo, canela y peladuras de limón. Otros eran muy parecidos a bolitas de mazapán.

El fuego se iba apagando. Las sombras se apoderaban de todos los rincones de la casa. El ambiente se iba enfriando. Había llegado el momento de ir a la cama.

Los que peor lo pasaban eran los niños, pues escondidos bajo las sábanas y mantas, no dejaban de soñar en brujas y duendes. Más de uno se meaba en la cama.

Esas tradiciones, cuentos y leyendas, jamás deberían ser olvidadas y por eso te las cuento a ti, para que a su vez lo cuentes a tus hijo, nietos,... Seguro que te lo agradecerán."

Ignacio Pardinilla Bentué

Informante: Joaquín Pardinilla Nasarre.